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21/10/2021
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A propósito del XXVII Domingo del tiempo ordinario.

Padre Alberto Reyes Sacerdote cubano.

Evangelio: Marcos 10, 2-16.

Uno de mis textos favoritos en el Antiguo Testamento es aquel en el cual el profeta Natán presenta al rey David el supuesto caso de un hombre que ha cometido una grave injusticia, pues siendo rico y poseedor de muchas ovejas, le robó a otro la única oveja que tenía.

El rey David, sin percatarse de que el profeta estaba hablando de él, se encoleriza y dice: “Ese hombre debe morir”, a lo que el profeta Natán responde: “Ese hombre eres tú”. Y aquí viene la parte hermosa, indiscutiblemente genial. El rey David, el grande, el intocable, el ya mítico rey, baja su cabeza y dice: “He pecado contra el Señor”.

Hoy esa actitud es rara. Hoy nadie tiene la culpa de nada, hoy siempre hay un “alguien”, un “algo”, una circunstancia, un trauma del pasado… lo que sea, a quien atribuir los propios errores y los propios fracasos. Y uno de los campos donde esto ocurre con mucha frecuencia es en el matrimonio. Una relación de pareja es un organismo vivo, que hay que hacer crecer y luego hay que cuidar.

Eso que llamamos “noviazgo” no puede reducirse a una mera relación donde me siento energizado y a gusto. Cuando un hombre y una mujer empiezan una relación, no basta con que existan un gusto y una mutua atracción. Es necesario responder a la pregunta: “¿Esta relación puede funcionar?” Y para responder a esto, hay que conocerse, hay que escucharse, hay que mostrar al otro el rostro verdadero, hay que hacer cosas juntos, no sólo para divertirse, sino para ir comprendiendo cómo es la persona con la que podría hacer la vida.Esta persona que tengo delante: ¿es honesta, trabajadora, serena, dialogante, descomplicada, cooperadora, familiar, respetuosa de la vida, abierta a Dios…, o es todo lo contrario?

Yo tengo una definición de “persona perfecta”, y digo que la persona perfecta es aquella que “con sus virtudes y sus defectos, me va”, es decir, sus virtudes me encantan, y con sus defectos puedo lidiar. Pero esto exige conocimiento mutuo. Yo he celebrado muchas bodas a lo largo de mi vida sacerdotal, y confieso que unas bodas las he celebrado con el corazón y otras con el hígado. Porque a veces me encuentro con personas muy ilusionadas con casarse, pero que se están casando con la persona que se han construido en su mente, no con quien tienen delante; personas cuyo noviazgo ha sido “pasarlo lo mejor posible” y muchas veces teniendo lo mejor de la vida de casados y lo mejor de la vida de solteros. Luego vienen las rupturas y las exigencias a la Iglesia para que haga un proceso de nulidad lo antes posible o admita sin cuestionamientos un segundo matrimonio por lo civil.

Porque claro, la culpa del fracaso nunca es de ellos. Y también están los que, una vez casados, se creen que ya han llegado a la meta, cuando en realidad, sólo han completado una etapa y empezado un camino nuevo. El matrimonio, repito, es un organismo vivo, y un organismo vivo de a dos, hay que cuidarlo, alimentarlo, protegerlo. ¿Y cómo se hace eso? Con tiempo y con gestos.

Un matrimonio crece y sobrevive a base de escucha, gestos de cariño, buen trato, ayuda mutua, respeto, atención a la situación personal y a las necesidades del otro, sorpresas agradables, transparencia…, ¿es en realidad tan difícil? Podríamos resumirlo en una actitud: “quiero que estés bien, quiero que seas lo más feliz posible”. Cuando esta actitud es mutua, hay fuerza entonces para enfrentar lo que cada vida humana, en singular o en pareja, tiene que enfrentar: cansancios, estrés, enfermedad, incertidumbre, fracasos, frustraciones, imprevistos… lo cual esparte de la vida, y no es culpa del otro, y sólo amarga la existencia propia y ajena cuando se le concede el protagonismo.

El divorcio es siempre un fracaso, pero un fracaso que se puede evitar. Se evita: - Haciendo todo lo posible por crecer como persona, reconociendo y trabajando las propias carencias y defectos, porque mis defectos y carencias son míos; mi infelicidad es mía. Nadie puede hacerme feliz si yo no he aprendido a ser feliz conmigo mismo. - Con un noviazgo serio, donde pueda conocer y ser conocido. - Con un cuidado diario de la relación de pareja, porque la vida se construye o se destruye día a día. - Buscando ayudas a tiempo, porque a veces hay cosas que nadie nos ha enseñado a manejar, y se necesita de otros que nos enseñen.

Cuando vemos que nos trabamos, que no sabemos fluir, es hora de reconocer que se necesita de alguien que nos eche una mano desde su experiencia. El gusto puede nacer a primera vista, el amor nunca, porque sólo se ama lo que se conoce, y el amor surge del conocimiento del otro. Y del mismo modo que el amor no nace de repente, nunca muere de infarto.

El divorcio es, en realidad, el final de un largo camino en el cual no se supo buscar una solución a tiempo. Aplicación a nuestra vida.

1. ¿Eres de los que piensan que “mi pareja tiene que hacerme feliz” y terminas culpando a tu pareja de tu propia infelicidad, o sabes separar las cosas y hablar de lo que te agobia y te frustra sólo para compartir tu carga?

2. ¿Eres bueno(a), delicado(a), atento(a)… con tu pareja? ¿En qué actitudes lo ves?

3. ¿Qué actitudes tuyas sientes que construyen día a día tu matrimonio y tu familia? ¿Qué actitudes tuyas pueden estar dañándola o destruyéndola?

4. Como pareja, ¿mantienen una relación de cercanía con personas a las que pudieran acudir en caso de problemas? ¿Quién o quiénes son?

Conclusión.

En familia, ahora o en otro momento, construirán o harán algún trabajo juntos para lo cual cada uno deberá aportar algo, de modo tal que el resultado sea el producto de la colaboración de todos. Después, tomados de la mano, rezarán juntos un Padre Nuestro y un Ave María. Al finalizar, harán la señal de la cruz mientras uno, en nombre de todos, dice:

“Que nos bendiga Dios Todopoderoso, Padre, Hijo, y Espíritu Santo”.

Amén.