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05/12/2020
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José Martí, conciencia y voz de Hispanoamérica

Vicente EcherriCuando José Martí (1853-1895) publicó su ensayo Nuestra América, en enero de 1891, llevaba una década viviendo en Nueva York, desde donde escribió para varios periódicos hispanoamericanos. Sus largos artículos sobre lo que acontecía en Estados Unidos le fueron dando un nombre y un prestigio al exiliado cubano entre cierto círculo de lectores y, para entonces, ostentaba las representaciones consulares de Argentina, Paraguay y Uruguay, país este último que lo nombró su representante ante la Conferencia Monetaria Internacional que sesionó en Washington en los primeros meses de ese año.

La conferencia tuvo por objeto explorar la creación de un sistema monetario continental, José Martíproyecto que Martí veía con recelo, por pensar que podía servirle de instrumento de dominación regional al país anfitrión —el cual empezaba a surgir como una gran potencia— frente a las naciones del sur. Estas, pese a compartir una herencia común de lengua y tradiciones, se mostraban segmentadas y, en muchos casos, sujetas a regímenes dictatoriales o a oligarquías criollas que tenían los ojos puestos en Estados Unidos y Europa como modelos a imitar, con menosprecio de las poblaciones y tradiciones autóctonas.

Aunque el apasionado interés del cubano en América Latina se encuentra en otros muchos textos de su vasta papelería, ningún otro trabajo suyo resume tan bien como Nuestra América su pensamiento sobre el carácter y destino de la región por la que siente un amor filial y un sentido de pertenencia y cuyos graves problemas atribuyó a la falta de fe de las clases pensantes y gobernantes en los recursos propios.

Más de cuarenta años antes, Domingo Faustino Sarmiento (escritor y estadista argentino) había publicado su “Facundo, civilización y barbarie”, la obra por la que más se le conoce y en la cual identificaba la civilización con la vida urbana, frente al atraso del campo y sus habitantes, a los cuales era menester someter y civilizar.

En Nuestra América, Martí refuta el pensamiento de Sarmiento sin mencionar su nombre: “No hay batalla entre la civilización y la barbarie, sino entre la falsa erudición y la naturaleza. El hombre natural es bueno, y acata y premia la inteligencia superior, mientras esta no se vale de su sumisión para dañarle”.

Creía que el error de las élites que han gobernado a Hispanoamérica desde la independencia es haber buscado afanosamente modelos en las tradiciones institucionales de Estados Unidos y Europa. De ahí que afirmara lo que puede considerarse como su más rotunda declaración de principio sobre las funciones del gobierno:

"La incapacidad no está en el país naciente, que pide formas que se le acomoden y grandeza útil, sino en los que quieren regir pueblos originales, de composición singular y violenta, con leyes heredadas de cuatro siglos de práctica libre en los Estados Unidos, de diecinueve siglos de monarquía en Francia […] el buen gobernante en América no es el que sabe cómo se gobierna el alemán o el francés, sino el que sabe con qué elementos está hecho su país, y cómo puede ir guiándolos en junto, para llegar, por métodos e instituciones nacidas del país mismo, a aquel estado apetecible donde cada hombre se conoce y ejerce […]. El gobierno ha de nacer del país. El espíritu del gobierno ha de ser el del país. La forma de gobierno ha de avenirse a la constitución propia del país. El gobierno no es más que el equilibrio de los elementos naturales del país.”

Creía, con cuestionable optimismo, que las cosas estaban por cambiar. Tal vez lo afirmaba como un acto de fe, de la misma manera que, más de una vez, concibió una próspera confederación desde el río Bravo hasta el estrecho de Magallanes. De ahí que pareciera, en sus palabras, como si el caudillismo y la política brutal que habían regido en Hispanoamérica estuvieran a punto de cambiar:

“Se probó el odio, y los países venían cada año a menos. Cansados del odio inútil de la resistencia del libro contra la lanza, de la razón contra el cirial, de la ciudad contra el campo, del imperio imposible de las castas urbanas divididas sobre la nación natural, tempestuosa e inerte, se empieza, como sin saberlo, a probar el amor.”

Ciento veinticuatro años después, aunque la fórmula propuesta por Martí en Nuestra América nos parece aún distante y quimérica, resuenan en su texto los genuinos anhelos de la región, la íntima voz de su gente diversa, la conciencia de una cultura que reclama su lugar en el mundo.