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Fratelli Tutti: Una Encíclica para Todos

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La más reciente Carta Encíclica de su Santidad Francisco, “Fratelli tutti”, sobre la fraternidad y la amistad social, ha sido bastante debatida ya, a menos de una semana de haber sido firmada en la ciudad italiana de Asís. Creo que el debate continuará, y ojalá dé buenos frutos, porque esta tercera Encíclica del Papa, va dirigida a todos, no solamente a los cristianos unidos por la fe en el único Señor, Redentor del mundo.

Confieso que, además de leer los reportes de prensa, algunos artículos de agencias religiosas, una u otra opinión de algún laico católico, y poco más, me lancé a leer el documento en el día de ayer. No pasé del Capítulo primero: “Las sombras de un mundo cerrado”, porque la intensidad de las palabras de este texto, el aterrizaje a la realidad que vivimos los cubanos (cualquiera podría hablar en nombre de la suya propia), en cada párrafo que he leído, me han motivado a detenerme y analizar parte por parte cada idea enunciada. Me he dispuesto a leer el documento con el espíritu y la actitud a la que el Papa también nos convoca cuando dice que quien es discípulo de Jesús es un hombre libre. En nombre de la anhelada libertad, esencia de la condición humana, cada persona está llamada a mantener un estilo o “forma de vida con sabor a Evangelio”. Corresponde a cada uno, sea cristiano, creyente o no, discernir qué significado tiene este sabor, que por adelantado sabemos que no siempre es dulce, porque pasa primero por la cruz para llegar a la redención.

En el capítulo del que comento están bastante explícitas la exhortación personal, a las instituciones del Estado y la sociedad civil, y a los gobiernos propiamente dichos. Una de las primeras es el llamado a evitar todo tipo de agresión, entendida incluso como el ataque verbal, la lapidación mediática y el descrédito en las hiperutilizadas redes sociales, que a veces se convierten en verdaderos campos de batalla, al estilo de los grandes imperios. No confundir agresión únicamente con daño físico: duele más el daño al ethos de la persona humana, e incluso el efecto puede ser irreversible. Por otro lado, propone desterrar la imposición de doctrinas, que limitan el vuelo de la creación, las más sagradas libertades de expresión, reunión, asociación, tuercen la conciencia recta, verdadera y cierta, y fracturan a la persona en su modelo de hombre a imagen y semejanza de Dios, dotado de dones para el bien, y la convivencia pacífica y civilizada.

En esta aldea global, que a veces simula un terreno de combate, el Papa convoca a todos a la apertura del amor fraterno, a la universalidad del amor de Dios, traducido en la actitud humana de vivir como hermanos, amando al prójimo como a nosotros mismos y desterrando para siempre las tan nefastas prácticas del “divide y vencerás” o del “ojo por ojo y diente por diente”. No vivimos bien la vida cuando solo miramos hacia el interior de nuestras familias, cuando hacemos cotidiano, lo que en Cuba ya es bastante común, la cultura del sálvese quien pueda. Y la persona se aísla, se enquista, se encierra en una habitación, a veces tan cerrada que ni siquiera deja pasar la luz multicolor, y se limita, y se carcome, y se consume en el acíbar de su propia existencia, limitada y reducida por la imposición y la doblez. Aún sin estar de acuerdo con ese modus vivendi, callar resulta lo mismo que aceptarlo, es negar nuestra propia libertad que “hasta Dios parece necesitarla” como también dijera el papa Emérito Benedicto XVI durante su visita a Cuba.

Francisco, haciendo alusión a un concepto recurrente en su pontificado, la cultura del descarte, nos convoca a que: “ante las diversas y actuales formas de eliminar o ignorar a otros, seamos capaces de reaccionar con un nuevo sueño de fraternidad y de amistad social que no se quede en las palabras”. Es conocido el estilo de algunos de nuestros países de ser “luz de la calle…” y a ciencia cierta vivir, cruda y duramente, “la oscuridad de la casa”. El daño interior en Cuba, a los valores, al alma y la espiritualidad de toda una nación, no se oculta como se ocultan los perros callejeros cuando visita el país un miembro de la monarquía española, ni se opaca como cuando se aplican pinturas a las fachadas de una avenida por donde pasara el propio Papa Francisco cuando visitó La Habana. Esas heridas, las del hondón del alma, solo sanan con el perdón y la reconciliación, con el amor que todo lo espera y que todo lo soporta. Los cubanos caminamos con cansancio en medio de discursos vacíos y en un eterno proceso de construcción de un hombre nuevo que, a veces incluso se cuestiona, que ni siquiera llegó a ser un hombre bueno.

Abriendo caminos, en medio de este mundo cerrado, el obispo de Roma recuerda la importancia de la apertura al diálogo no solo para los cristianos, sino para todas las personas de buena voluntad. Diálogo traducido en entendimiento, no esa forma de plantarse con la verdad absoluta por el mero hecho de decir que somos capaces de escuchar, y luego… continuar con nuestra propia retórica. Otra variante que prolifera abundantemente, porque encuentra el medio de cultivo propicio, es el diálogo en el sentido de la confrontación. A veces resulta conveniente mantener esta posición defensiva, si se trata de justificar lo injustificable, porque se carecen de razones sólidas, justas y verdaderas que se puedan defender por sí solas.

La pérdida de la dimensión comunitaria a la que estamos llamados en cada una de nuestras sociedades; la emergencia de nuevas formas de colonización cultural que intentan arrebatar del alma de la Nación los más sagrados valores; y los nuevos mecanismos de dominación que pretenden sembrar la desesperanza junto a “la penetración de las ideologías bajo los presupuestos de la unidad nacional, pérdida del sentido de sociedad civil y exacerbación de otros males” intentan afianzarse en la actualidad. La pérdida de la memoria histórica, esa acción, a veces imperceptible, pero siempre dañina, de “licuar la conciencia histórica”, deja sin sentido muchas palabras, procesos y figuras, para exacerbar otras, y reescribe la historia con nuevos significados para la democracia, la justicia, la libertad y la unidad.

En medio de este panorama de sombras descritas en el primer capítulo de la más reciente Encíclica, el Papa cierra este análisis de la realidad con la invitación a caminar en la esperanza, que es audaz, que nos hace vivir la vida de forma más digna, más abierta a la plenitud del espíritu porque, sobre todo, no defrauda a quien la deja habitar en su corazón. Que todos los cubanos dejemos de desesperar en esta tardía hora de Cuba. Que no nos abrume el silencio cómplice, la inmovilidad social y la pérdida del sentido de nuestras vidas. Que el Señor siga derramando sobre esta tierra sus bendiciones, para que germinen las semillas del bien y amanezcamos con la anhelada libertad.

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